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- Luz de marzo
- Compromiso-
- Sonetos para una tarde de verano
- Más allá de las palabras
- Página
- Pulso
- Una luz en la luz
- Dhyana (en meditación)
- Cuaderno del vacío
- Esencia
- Ser
- Poemas de amor
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viernes, 13 de marzo de 2009

APRENDIENDO -I-

Aprender es un estado natural que nada tiene que ver con la acumulación de conocimientos por medio de la memorización mental-corporal. Sería más bien la exploración con asombro de lo desconocido desde el impulso de una sana curiosidad, guiada por la atención enfocada momento a momento hacia el fluir incesante de la vida. No es que la vida quiera enseñarnos, empecinada en que carguemos con sus tomos de lecciones, sino que nos invita a desprendernos de la carga sobrante para que, ya más livianos, podamos ser capaces de usar lo imprescindible en cada situación y abandonarlo a continuación.
Cierto es que el manejo de ciertas herramientas nos es útil en determinadas circunstancias que a lo largo de la vida se repiten de un modo más o menos parecido, pero también, que nunca nos enfrentamos a un hecho exactamente igual a otro acontecido, y que tampoco lo encaramos en el mismo estado de cuerpo-mente y espíritu de ocasiones anteriores... el “manejo del hacha” debe adecuarse a cada “tronco” que nos vamos encontrando y a nuestras facultades del momento.
En el aprendizaje, la calidad de la atención es la clave, determinando la profundidad con la que nos sumergimos hacia el núcleo de la disciplina. Aquí, la repetición por la repetición no desemboca en nada que no sea el aburrimiento o la frustración.
El maestro de verdad forma parte del flujo de energía refinada del universo, y se mueve como una rama en la corriente de un río. Si somos capaces de zambullirnos en su aventura, soportando el miedo a no usar el flotador de las ideas, el mismo fluir de las aguas nos transporta, y sólo habremos de encargarnos de vigilar su movimiento o ausencia del mismo, para acompasar nuestra voluntad a la del maestro.
La capacidad que va recuperando el aprendiz para sentir el propio cuerpo-mente y, simultáneamente, las ondas del cuerpo-mente del maestro, le otorga el discernimiento natural que impregna de luz, sabor, aroma, silencio y tacto a la sensación vinculada a cada paso del aprendizaje, lo que le permite encontrar las respuestas por sí mismo.
Un maestro nace ya siéndolo, y se va haciendo más consciente de ello a lo largo del tiempo mediante los sucesivos actos de ensayo-error-experiencia que van jalonando su andadura vital. Llega un momento en el que ya no siente la necesidad de explicar detalladamente las técnicas que conducen a la maestría de su arte para que el aprendiz las llegue a comprender, y sólo se ocupa de señalar con sutileza al discípulo los errores básicos, sugiriendo mediante su simple presencia la actitud adecuada para corregirlos. La enseñanza no surge ya de su ego, él no está presente detrás de sus palabras, miradas o gestos. Su ser completo es la docencia sin docente, nunca agresiva, siempre pasiva y amorosa para que la iniciativa del aprendizaje pueda florecer en el discípulo como una más de las formas que adopta su autoconocimiento.
En el deambular existencial, todos somos a la vez maestros y discípulos. Para un ser humano, es imposible profundizar al mismo tiempo en todas las disciplinas, resultando ya arduo y lento el simple aprendizaje de una sola de ellas para la inmensa mayoría de la humanidad.
Cada ser puede aprender lo que le diferencia y lo que tiene en común con los demás seres. Podemos reconocer en cada piedra, río, pájaro, flor, árbol, montaña, insecto, o nube, nuestra calidad de efímeros y eternos, la sabiduría del sentir que todas las piezas acaban siempre encajando en este juego perpetuo, el hecho de que estamos aquí para celebrar cada momento como único e irrecuperable, las nuevas maravillas que nos regala el día que comienza y que cómodamente soñamos cada noche en nuestra sala de cine privada.
En sentido inverso, uno tiene el poder de enseñar a los demás todos los tesoros que lleva dentro cuando su corazón se abre y se muestra tal cual es en la quietud, en la acción o en la respuesta, mas sin imponer nada al otro. Sólo con invitar a los demás a compartir la propia dicha de aprender como fin en sí misma y a nadar en la abundancia de un océano donde nacen tantas perlas a cada instante que no se agotan por más que nos dediquemos a cogerlas, algo se escapa de uno mismo y los demás lo reciben como una brisa refrescante y curativa. Esa brisa los dispondrá para iniciar o recuperar el anhelo de bucear en asuntos diferentes de un modo relajado, de manera que ellos siempre estarán dispuestos a jugar, forma suprema del aprendizaje en la que uno es a la vez jugador y juguete. Será un tiempo de juego donde adquirir la destreza de participar en todo sin complejos, en un estado de inocencia que permitirá seguir explorando con asombro y sin cansancio, sin saber hacia donde nos dirigimos, confiando en algo inmenso que cuida de nosotros.


Luis Ángel Barquín

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