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- Luz de marzo
- Compromiso-
- Sonetos para una tarde de verano
- Más allá de las palabras
- Página
- Pulso
- Una luz en la luz
- Dhyana (en meditación)
- Cuaderno del vacío
- Esencia
- Ser
- Poemas de amor
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viernes, 13 de marzo de 2009

ENSEÑANZAS NATURALES

La vida me ha enseñado que si no encuentro mi propio ritmo natural para caminar en ella, no puedo equilibrar esfuerzo y disfrute, no avanzo con fluidez, y me extravío una y otra vez por los territorios de la culpa o la ambición.

La vida me ha enseñado a escuchar más mis sentimientos, a no ignorar mis anhelos ni temores, a confiar más en mi intuición y menos en la lógica, que siempre es prestada. Cuando lo hago, me uno a los demás, lo quiera o no, y se desarrolla la simiente de mi inteligencia, y me siento único sin creerme especial.

La vida me ha enseñado que es más saludable y útil dar antes de recibir. Me ha invitado a mirar primero si tengo algo valioso, puro, limpio, que ofrecer antes de pedir a los demás que me den su cariño, atención o apoyo. Si lo hago, muchas piezas de mi vida encajan con facilidad y alegría porque me enriquezco con la búsqueda y el cultivo de aquello que quiero compartir, y al ofrecerlo, al menos he podido disfrutarlo antes en soledad.

La vida me ha enseñado a mirar más allá de lo evidente para evitar la rutina de mis propias conclusiones, darme una sincera oportunidad de aprender de lo siempre nuevo, y acercarme un paso más hacia la inocencia de los sabios, tan ligera porque se han desprendido hasta de sus propias experiencias.

La vida me ha enseñado a saber esperar en un estado de paz alerta. En la espera, la vida es generosa y va mostrándome aquello que tengo, aquello de lo que puedo disfrutar, y aquello que me falta aún por alcanzar, e incluso si vale la pena alcanzarlo.

La vida me ha enseñado a reír con ganas cada día, a sonreír con franqueza cada hora, a ser feliz sin más cada minuto. Así, la risa me resulta algo natural, la sonrisa, algo esencial, la felicidad, un derecho inalienable y una deuda para conmigo mismo. El humor me permite, en primer lugar, no tomarme demasiado en serio a mí mismo, verme mejor desde fuera, y a la postre, me río menos de los demás, y más con ellos.
La vida me ha enseñado que el amor sin consciencia, es un arma letal que todos usamos o hemos usado alguna vez. De forma instintiva, huimos de aquellos que pretenden amarnos por la fuerza o de cualquier manera, sin sensibilidad. Un solo instante de no atención, puede matar, torturar, herir a otros o a la naturaleza esgrimiendo las mejores intenciones. También a nosotros mismos. Un único instante de atención plena, puede llenarnos de luz y hacernos comprender todo sin palabras, proporciona profundidad al amor, y sintoniza a los corazones.

La vida me ha enseñado a sentirme agradecido siempre, y saber cómo y cuándo expresarlo, a anhelar la luz sin dejar de valorar la sombra, a encontrar tesoros en lo insignificante y perfección en lo que creía sólo imperfecto, a escuchar cómo crecen las plantas, a contemplar cómo se visten las nubes, a soñar más despierto que dormido, a devolver de corazón y con mis propias riquezas lo recibido, y a recibir con sencillez los regalos, las críticas, las oportunidades únicas, y a agradecer sobre todo que los demás acepten mi ayuda, mis regalos, mi cariño, mis errores.

La vida me enseña continuamente tanto, que mi capacidad de absorción se ve desbordada cada día ante esa avalancha de saber natural, y apenas retengo unas pocas de sus enseñanzas. Jamás tendré verdadero derecho a culparla por haber aprendido poco o nada de ella. Sólo yo soy el responsable de tal desaprovechamiento, de semejante falta de comprensión.


La vida me ha enseñado que la principal causa de mi infelicidad es mi deseo de ser feliz. Lo soy con sólo darme cuenta de ello.


Luis Ángel Barquín

APRENDIENDO -III- : EL CONTINUO APRENDIZAJE

Decía Don Juan Matus, indio yaqui, a su discípulo Carlos Castaneda -en alguno de los maravillosos y mágicos libros escritos por este último- que el ser humano, para bien o para mal, lo que hace durante toda su vida es fundamentalmente aprender.
Aprender para mal no requiere ir más allá de las consecuencias inmediatas derivadas de la propia acción, el aprendizaje. Con sólo dejarnos atrapar por el atractivo que ejerce sobre nosotros el placer –en forma de huida compulsiva del dolor, comodidad, seguridad, poder sobre los demás, orgullo, ausencia de compromiso, olvido de uno mismo, etc.- de la aproximación fácil, no participativa, a los cambios continuos de la vida, el aprendizaje de lo insano se adquiere de forma casi inmediata y, lo que es peor, pasa a formar parte de nuestro subconsciente para toda la vida en la mayor parte de nosotros.
Aprender para bien -entendiendo ‘para bien’ como lo saludable, lo que nos aporta serenidad, gratitud, contento, lo que nos permite madurar y adquirir responsabilidad sobre nuestra situación y lo que la ha originado, lo que nos vincula con los otros hombres y la naturaleza- nos resulta casi siempre arduo, incómodo, poco atractivo, porque siempre necesita nuestras agallas, el enfrentarnos con nosotros mismos, el hacer que nuestra energía aumente para encontrar después cómo canalizarla creativamente, el tener que pasar por comprender las cosas desde dentro, de corazón, participando activamente en ellas, y el quedarnos en muchas ocasiones desnudos emocionalmente, sin máscaras tras las que ocultar aquello de lo que nos avergonzamos.
Además, el aprender para bien supone ir más allá de lo inmediato y evidente, de las ideas prestadas, de la obsesión por el resultado rápido y ventajoso que predomina en nuestro mundo actual. Implica la desnutrición del ego, el disfrute del camino sin escudriñar posibles metas, la escucha, vigilancia e investigación diarias, la comprensión de que el presente es el único destino real y posible para cada uno de nosotros.
El aprender para bien tiene consecuencias, que no resultados, que tarde o temprano se manifiestan en nuestra cotidianeidad. En realidad, sus consecuencias nos siguen y terminan por pegarse a nosotros como la sombra que son de nuestro esmerado y saludable aprendizaje. Uno va disfrutando de cosas muy simples, al alcance de todos o casi todos: vivencias nada espectaculares ni de las que presumir como dar un paseo al atardecer, comer sin prisa con un buen amigo, escribir una carta a mano, preparar un guiso, darse un baño con sales, barrer el suelo de casa, fregar los platos, escuchar una pieza musical, cantar sin saber por qué, jugar al ajedrez, reparar una bicicleta averiada...
Cuando, sin darnos cuenta, van acumulándose estas pequeñas vivencias --piedrecillas corrientes- en nuestras manos, un día, de pronto, todas juntas se transforman en preciosas, y nos revelan la riqueza que se ocultaba en su interior, expuesta a la luz por el acto de gratitud de haberlas disfrutado plenamente cuando nos parecían tan sólo baratijas. Esta mutación de lo profano en sagrado es un regalo que no puede buscarse directamente ya que es esquivo a la ambición y la avaricia. No puede ‘hacerse’ nada para su consecución pues no es definible como objetivo, ni personal ni colectivamente. Se trata de una bendición o gracia que la naturaleza nos hace llegar por sorpresa, desconociéndose su esencia y forma hasta que se manifiesta. Los ojos para ver lo pequeño, lo cercano y lo natural, son raros de encontrar entre nosotros. El acto en sí de participar de lo ordinario, lo alcanzable en el aquí y ahora, encierra el reto, que es un primer regalo donde se oculta, en semilla, el disfrute por la dedicación, y el regalo consecuencial no fechado que nos llega en forma de comprensión plena, sin palabras, de la esencia de la vida.
Para aprender las cosas para bien, la escuela definitiva es la propia vida. Si nos resistimos a sus continuas enseñanzas, vamos simplemente alejándonos más y más de aquello que nunca podemos perder, que es por definición nuestra propia naturaleza, la que unifica todo. Nos sentimos, así, como la parte que se opone al todo, creyéndose superior a él, capaz de conquistarlo. En esa tesitura, nos convertimos en creadores de nuestro propio sufrimiento. También del ajeno, en cierta medida.
En ciertos lugares y épocas, se han fundado y fundan escuelas cuyo propósito último es el de ser representantes del mundo natural y sus enseñanzas. En dichas escuelas, aprender para bien es el denominador común de todas sus acciones y omisiones, sus palabras y silencios, sus misterios y elocuencias. Sus discípulos aprenden primero el arte de desaprender lo falso a través de la escucha y comprensión de su cuerpo, de su mente, en soledad y en la relación con los otros y el mundo. Ellos van apartando cuidadosamente de sí todo lo que dificulta su percepción sensorial de la realidad, llevando conciencia a lugares de sí mismos aún inhabitados, inexplorados. La meta diaria es el desarrollo del amor por uno mismo a través de la confianza en el maestro y en los demás compañeros discípulos. El fin último es la integración en la totalidad, el retorno a lo que nos une a todos, el reconocimiento de la propia naturaleza como la única verdad posible y la celebración de la parte cuando constata que es en realidad el todo.
Hoy me considero afortunado, y me siento agradecido, por formar parte de una escuela así, como la que en mis mejores sueños pude alguna vez vislumbrar. Me asombro cada día de cómo esta escuela, mi escuela, va creciendo en salud, transformándose en una certera representante de la vida, en un ámbito cada vez más limpio donde echar raíces y aprender con tranquilidad de uno mismo, de los compañeros, de nuestras relaciones allende sus límites. En nuestra escuela, vamos siendo más y más conscientes de lo que nos falta, descubriendo aquello que hemos siempre tenido a nuestro alcance para disfrutarlo en soledad o en compañía. En esta escuela no nos aferramos a la soledad, ni a las relaciones personales.

Cada relación es considerada también como una forma de autoconocimiento. Cada momento de soledad comprendida es un silencioso tesoro que podemos y queremos compartir con los demás.

Luis Ángel Barquín

APRENDIENDO -II- : EL MAESTRO

Confieso que me he topado con poquísimas personas de las que osaría decir: es un maestro. Un ser así llamado ostenta para mí la categoría de excepcional en clara alusión a los aspectos capitales de su existencia: su relación consigo mismo, su trato con los demás, su vínculo con la naturaleza partiendo de su integración en ella, el empleo de su energía, la comprensión de su genealogía y entorno inmediato, la creación del sentido de su vida y, por ende, de su muerte, y la búsqueda de sus propias respuestas, verbales y no verbales, frente a los enigmas del universo y sus problemas cotidianos.
Si únicamente advertimos las zonas periféricas de un maestro, puede resultarnos vulgar a la mayoría, o parecernos un excéntrico más, dispuesto a todo para no pasar desapercibido. Mas su núcleo es el de un dragón: apenas unos pocos saben en verdad cómo camina, por qué cielos vuela, dónde se tiende a descansar, con qué se alimenta, qué lo motiva, de dónde nace su fuego…
Lo denomino ser porque es una persona que, ante todo y todos, es ella misma cueste lo que cueste y le cueste. Se trata de un individuo real por su inquebrantable consagración a recorrer las vías que presiente propicias a su búsqueda de la dicha permanente o la comprensión plena no-mental, sin dejar por ello de disfrutar del camino recorrido. Lo llamo excepcional refiriéndome a su potencial humano: no es ya la mera semilla que prometía convertirse en hombre en un futuro vago y muy distante, sino que ha germinado como persona cabal, de trazo firme, y recorrido el suficiente trecho a plena luz del día como para darse cuenta de que no nació por un capricho cósmico, ni para satisfacer las expectativas de alguien. Su excepcionalidad es la confirmación de la promesa de destino común que habita en todos los humanos; destino que puede y debe nacer en nosotros, y que hemos de desarrollar cada cual a nuestra manera por derecho natural y compromiso con la totalidad.
El maestro ya nace como tal. Un buen día, siendo infante, niño, adolescente, joven, hombre maduro o anciano, notará que el barco que lo conduce hacia la muerte es la idea que tiene de su propia vida: el barco lo ha ido construyendo él mismo a base de órdenes recibidas, enseñanzas adquiridas, aprendizajes honestos, sueños ajenos, normas acatadas, placeres no comprendidos, deseos insanos, dolores persistentes, unos pocos ratos de gozo, y toneladas de sufrimiento. Entonces, saltará al mar desde ese barco, en el que viajaba con muchos otros homínidos, y caerá en su propio bote de remos. Comenzará a remar solo, sin perder de vista el barco por si acaso, y se sentirá extraño, libre, aterrado, y responsable por primera vez. Allí nacerá su maestría, que habrá de nutrir y cuidar momento a momento. A partir de entonces, intentará desarrollarse como hombre que siente que transporta y custodia un tesoro de incalculable valor sin revelar; tesoro que valdrá la pena descubrir en soledad, por sí mismo, para después disfrutarlo solo o acompañado.
Todas las cualidades y características hasta aquí mencionadas, sustentan y adornan al maestro en medida e intensidad suficientes como para poder ser distinguido entre cualquier gentío o colectivo humano. Cosa bien distinta es que él mismo decida adquirir notoriedad en ciertos escenarios o se decante hacia el anonimato casi absoluto. De cualquier manera, siempre será detectado por aquellos corazones y almas grandes, aptos para rastrear las huellas de sus pasos o proclives a deleitarse con las armonías de su silencio.
Aconsejado por su propia lucidez y guiado por las señales que su intuición distinga, un maestro puede decidir emprender el viaje de su pleno autoconocimiento a través de bosques inextricables, diáfanos desiertos o galerías subterráneas, llevando a cabo una vida corriente en el centro de la gran ciudad, desempeñando heroicas misiones en lugares recónditos o mediante la creación y vigilancia de un espacio sagrado donde personas afines e interdependientes puedan ayudarse en el cultivo de la salud, asimilada como su propia e ineludible rendición consciente a la naturaleza de la que forman parte.
El maestro sabe de su condición de discípulo de lo total, del universo o como queramos llamarlo. Aprende sin desmayo de todo y de todos. Está siempre tan dispuesto a descubrir las riquezas del mundo, que éstas se le revelan en múltiples formas y por canales inesperados. Un maestro es sólo un usufructuario de la energía: no la posee, no hace acopio de ella, se limita a usarla para su propio bienestar y el ajeno, y disfruta de ella, con ella, contemplando cómo la energía da lugar a maravillosas y fragantes flores, jamás concebidas, dónde y cuándo gesta los nuevos frutos del vacío, o en qué grado desencadena sublimes e inauditas melodías.
Discípulo es todo aquél que en verdad está dispuesto a aprender de su maestro, que lo aceptará a su vez como aprendiz. Un maestro verdadero jamás enseña al discípulo cómo proceder, en qué fijarse, cuándo actuar, o en qué casos dejar que las cosas ocurran espontáneamente, sin su intervención. No se lo enseña, no porque no quiera sino porque le es imposible llevarlo a cabo. Si te has convertido en su discípulo, el maestro auténtico te señala cuáles son los caminos que no has de transitar, te insta a evitar ciertas compañías insalubres, te invita a desidentificarte de algunas actitudes o estados, y en suma trata de conducirte hacia tu maestro real, el guía interior que custodia la dicha que te corresponde como hombre, y que te es leal en todo instante, bajo cualquier circunstancia. De ese modo, el maestro te deja libre para que busques y encuentres tu destino mediante el esfuerzo responsable de tu singularidad, comprometiéndote a desarrollar al máximo tu inimitable destreza para la vida, y agradeciendo a la existencia la oportunidad recibida, que es poder llevarlo a cabo desde una perspectiva original, la tuya.

APRENDIENDO -I-

Aprender es un estado natural que nada tiene que ver con la acumulación de conocimientos por medio de la memorización mental-corporal. Sería más bien la exploración con asombro de lo desconocido desde el impulso de una sana curiosidad, guiada por la atención enfocada momento a momento hacia el fluir incesante de la vida. No es que la vida quiera enseñarnos, empecinada en que carguemos con sus tomos de lecciones, sino que nos invita a desprendernos de la carga sobrante para que, ya más livianos, podamos ser capaces de usar lo imprescindible en cada situación y abandonarlo a continuación.
Cierto es que el manejo de ciertas herramientas nos es útil en determinadas circunstancias que a lo largo de la vida se repiten de un modo más o menos parecido, pero también, que nunca nos enfrentamos a un hecho exactamente igual a otro acontecido, y que tampoco lo encaramos en el mismo estado de cuerpo-mente y espíritu de ocasiones anteriores... el “manejo del hacha” debe adecuarse a cada “tronco” que nos vamos encontrando y a nuestras facultades del momento.
En el aprendizaje, la calidad de la atención es la clave, determinando la profundidad con la que nos sumergimos hacia el núcleo de la disciplina. Aquí, la repetición por la repetición no desemboca en nada que no sea el aburrimiento o la frustración.
El maestro de verdad forma parte del flujo de energía refinada del universo, y se mueve como una rama en la corriente de un río. Si somos capaces de zambullirnos en su aventura, soportando el miedo a no usar el flotador de las ideas, el mismo fluir de las aguas nos transporta, y sólo habremos de encargarnos de vigilar su movimiento o ausencia del mismo, para acompasar nuestra voluntad a la del maestro.
La capacidad que va recuperando el aprendiz para sentir el propio cuerpo-mente y, simultáneamente, las ondas del cuerpo-mente del maestro, le otorga el discernimiento natural que impregna de luz, sabor, aroma, silencio y tacto a la sensación vinculada a cada paso del aprendizaje, lo que le permite encontrar las respuestas por sí mismo.
Un maestro nace ya siéndolo, y se va haciendo más consciente de ello a lo largo del tiempo mediante los sucesivos actos de ensayo-error-experiencia que van jalonando su andadura vital. Llega un momento en el que ya no siente la necesidad de explicar detalladamente las técnicas que conducen a la maestría de su arte para que el aprendiz las llegue a comprender, y sólo se ocupa de señalar con sutileza al discípulo los errores básicos, sugiriendo mediante su simple presencia la actitud adecuada para corregirlos. La enseñanza no surge ya de su ego, él no está presente detrás de sus palabras, miradas o gestos. Su ser completo es la docencia sin docente, nunca agresiva, siempre pasiva y amorosa para que la iniciativa del aprendizaje pueda florecer en el discípulo como una más de las formas que adopta su autoconocimiento.
En el deambular existencial, todos somos a la vez maestros y discípulos. Para un ser humano, es imposible profundizar al mismo tiempo en todas las disciplinas, resultando ya arduo y lento el simple aprendizaje de una sola de ellas para la inmensa mayoría de la humanidad.
Cada ser puede aprender lo que le diferencia y lo que tiene en común con los demás seres. Podemos reconocer en cada piedra, río, pájaro, flor, árbol, montaña, insecto, o nube, nuestra calidad de efímeros y eternos, la sabiduría del sentir que todas las piezas acaban siempre encajando en este juego perpetuo, el hecho de que estamos aquí para celebrar cada momento como único e irrecuperable, las nuevas maravillas que nos regala el día que comienza y que cómodamente soñamos cada noche en nuestra sala de cine privada.
En sentido inverso, uno tiene el poder de enseñar a los demás todos los tesoros que lleva dentro cuando su corazón se abre y se muestra tal cual es en la quietud, en la acción o en la respuesta, mas sin imponer nada al otro. Sólo con invitar a los demás a compartir la propia dicha de aprender como fin en sí misma y a nadar en la abundancia de un océano donde nacen tantas perlas a cada instante que no se agotan por más que nos dediquemos a cogerlas, algo se escapa de uno mismo y los demás lo reciben como una brisa refrescante y curativa. Esa brisa los dispondrá para iniciar o recuperar el anhelo de bucear en asuntos diferentes de un modo relajado, de manera que ellos siempre estarán dispuestos a jugar, forma suprema del aprendizaje en la que uno es a la vez jugador y juguete. Será un tiempo de juego donde adquirir la destreza de participar en todo sin complejos, en un estado de inocencia que permitirá seguir explorando con asombro y sin cansancio, sin saber hacia donde nos dirigimos, confiando en algo inmenso que cuida de nosotros.


Luis Ángel Barquín